Hoy la edad se calcula, no se dice. Y la vejez empieza cuando la resta tarda demasiado.
Mira que tengo 21 años. Que no soy precisamente un jubilado ni estoy para echarme a dormir la siesta con el Marca en el pecho. Pero últimamente tengo la sensación de haber vivido en otra era, como si hubiera ido al colegio en blanco y negro o hubiera sacado el carnet de identidad en pesetas. No sé si es que me estoy volviendo un nostálgico precoz o qué, pero me pasa cada vez más.
Será porque yo, a su edad, salía y sigo saliendo más que el camión de la basura. Y no lo digo en plan poético, es literal: salía lunes, martes, miércoles… daba igual el día, el clima o el precio del cubata. Y ahora me cruzo con los adolescentes de hoy, estos nuevos seres misteriosos que viven encerrados en sus habitaciones, con las persianas bajadas, como si la luz solar les cobrase alquiler por minuto.
Y ahí, amigos, fue cuando se me paró el corazón.
El otro día, sin ir más lejos, estaba dando un paseo por la piscina de la urbanización, ese sitio al que antes bajábamos a hacer vida social y ahora parece un plató de The Walking Dead, y me encontré con mis primos pequeños. Me acerqué, como buen primo mayor que soy, con esa mezcla de superioridad, ternura y cotilleo que nos caracteriza. Total, que me acerco a una de ellas y le suelto la típica pregunta de persona que ya empieza a perder noción del tiempo.
—Oye, ¿tú cuántos años tienes ya?
Y mi prima, muy digna y sin inmutarse, me responde como si estuviera diciendo algo perfectamente normal.
—Soy del cero nueve.
¿Perdón? ¿Eso es un año o el nuevo modelo de iPhone? ¿»Cero nueve»? ¿Dónde quedó aquello de decir “tengo quince”? ¿Cuándo se volvió tendencia a dar el año de fabricación como si fueras una lavadora?
En ese instante, mi cerebro se teletransportó automáticamente a la clase de matemáticas de segundo de la ESO, con la señora Cati gritando “¡Resta bien, Luis, que no es tan difícil!”. Yo ahí, haciendo cálculos mentales: a ver… estamos en 2025… menos 2009… espera, ¿ha cumplido ya años este año o no? ¿Le contamos el año entero o medio? ¡¿Por qué no puede decir quince como toda la vida!?
Me sentí como si me estuvieran hablando en código binario. Como si me hubieran soltado una clave secreta del Pentágono y yo tuviera que descifrar con una calculadora Casio solar de las de antes.
Y lo peor es que no fue una excepción. Resulta que ahora todos los adolescentes hablan así. Tú les preguntas la edad y te responden con su año de fabricación, como si fueran coches usados: “Soy del 07”, “del 08”, “del 10”. Y claro, ahí estás tú, activando la neurona de matemáticas que tenías en coma desde bachillerato, intentando no quedarte mirando al infinito mientras haces restas mentales que no te salen.
En fin, que será que me hago mayor. O será que me he dado cuenta de que la juventud de ahora ya no se mide por cuántas veces sales, sino por cuántas veces recargas el móvil al día. Pero vamos, que mientras ellos se quedan en casa con las persianas bajadas, yo seguiré bajando a la piscina, haciendo de primo mayor prehistórico y, sobre todo, intentando entender en qué momento nos empezaron a dar la edad con decimales.

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